Escribir sobre uno mismo es un poco incómodo. Yo por eso generalmente prefiero

escribir sobre una mesa, pero, en fin, voy a hacer una excepción y voy a contarles la

historia de mi vida.

Niño aún (porque yo soy aún por parte de padre) tengo entendido, nací.

Fue un parto feliz; yo llegué tarde pero llegué, me daba no sé qué no acompañarla a

mamá en esas circunstancias.

- Doctor, los fórceps - dicen que dijo la enfermera.

- ¿Qué pasa con los fórceps?

- Se los dejó en la criatura.

- No, no, es así -dicen que contestó el médico sin sacarme los ojos de encima, cosa

que mi familia no hubiese permitido, porque mis ojos eran míos, ¡qué embromar!; en fin,

el hecho es que nací, costumbre muy generalizada desde entonces, como he venido

notando, hasta el extremo de presenciar yo mismo, en un reciente viaje por Arabia,

multitudes enteras gritando: "¡La vida por Nasser!", a pesar de que yo les decía: "No

sean tontos, si ustedes ya han nacido"; pero ellos nada. La voracidad social hoy día no

tiene límites.

Mis primeros años fueron ideales para forjar el rebelde que hay en mí, pues fui un

incomprendido. Tal vez por aquello de que no sabía hablar, cosa que aprendí a los tres

años, después de los cuales fui un comprendido para luego con el tiempo ser un

aprendido ya cumplidos los dieciocho por culpa de una denuncia hecha por el dueño

de "Los Dos Boulevares" que me sorprendió con las manos en la masa en el sentido

literal de la palabra.

Fui juzgado por este hecho, y yo mismo asumí mi defensa. Todavía se comenta en

los Tribunales mi brillante alegato.

- Señor juez, el infrascripto soy yo, pero usted llámeme cripto o criptito, como me

dicen en casa -empecé diciendo-. Se me acusa no de incitar a las masas como un

demagogo, sino de ser incitado por éstas y de haber sucumbido a la tentación.

- Lo de la masa es lo de menos -me interrumpió el fiscal-; mucho más serio es lo

de la Caja.

- ¿Caja? -dije asombrado.

- Sí, Caja.

- Ah, eso..., estaba buscando una servilleta... pero no nos salgamos del tema; mire,

la cosa empezó así: estaba parado en Callao y Santa Fe discutiendo con un amigo sobre

un artículo mío titulado: "¿Fue realmente Bonavena el inspirador de El Principito?". La

discusión había empezado hacía rato, usted sabe cómo son esas cosas: palabra va,

palabra viene, hasta que sucedió lo inevitable: una esdrújula mía chocó contra una grave

de él; fue espantoso, el suelo se llenó de letras; la hache, más muda que nunca,

agonizaba en silencio; la o, partida en dos, decía: "¡Uu!"; un diptongo había quedado

totalmente destruido; en fin, una verdadera tragedia para las letras, como si se hubiese

muerto Borges o Cortázar o el mismo Gutemberg atrapado por su propia obra, un error

de imprenta como quien dice; pero, en fin, errar es humano, perdonar divino, divino,

divino, como decía mi primo el decorador aquél cuya moralidad de dudosa no tenía

nada sino más bien lo contrario; casi diría que era absolutamente definida, hasta esa vez,

el primer día de su servicio militar cuando acusó al cabo de grosero, cosa que produjo

cierto estupor, dada la idiosincrasia particular de dicho cabo, hombre susceptible al

extremo según tengo entendido, quien bajo su tosco físico escondía un alma

evidentemente sensitiva, pues se quedó después un buen rato callado mirando hacia

abajo, empuñando la pala Linerman con que le había partido la cabeza a mi primo e

Inspirando tal vez la oportuna frase: "Partir es morir un poco".

Me quedé callado un rato para ver qué impresión producían mis palabras y después

proseguí:

- Señor juez, pido la absolución total sin que el proceso afecte el buen nombre y el

honor del señor fiscal.

- ¿Cómo?

- Sí, señor juez, no admito ninguna interrupción; el fiscal es un probo funcionario,

es un buen padre de familia, un hombre íntegro, intachable que lleva con dignidad el

cargo que la sociedad le ha confiado, y es por eso que pido a este tribunal la inmediata

libertad del señor fiscal.

Triunfé. Ese mismo día el fiscal estaba en la calle; yo no lo pude ver porque me

demoré un poco, unos cuantos años, y cuando salí ya no estaba. Desde entonces somos

íntimos, nunca ha habido ni un sí ni un no entre nosotros, y ahora que pienso, tampoco

un bueno o un tal vez, o un helicóptero, o un zapallito, o un "¿Cómo te va?", o un "Che,

con mi hermana no te metás, que es una chica de familia", o un ladrillo, o un "Mirá", o

un pequeño vigía lombardo, porque nunca más nos vimos.

Después de eso mi vida transcurrió prácticamente entre algodones, debido a una

otitis que me obligó a llevar un algodón en cada oído por un tiempo, y que a su vez

gravitaron bastante en mi educación pues tuve que pronunciar la palabra "¿Qué?" un

número excesivo de veces llegando a tomarle verdadera aversión a dicha palabra, por lo

que no la uso más.

El otro día, precisamente, entré en un bar y le dije al mozo:

- Tráigame un especial de jamón y eso.

- ¿Qué? - me dijo.

- ¡No diga esa palabra! - le dije histérico -; no puedo soportarla.

Mi mujer, que estaba conmigo y conoce mi problema, me decía:

- Calmate, erido, calmate.

Pero yo estaba fuera de mí y como hacía mucho frío resolví entrar.

Acá, entre nosotros, una vez adentro no me parecí gran cosa, pero bien decía mi abuelo:

"Vale más mi en mano que Missisipi volando". Nunca supimos bien qué quería decir

con esto, aunque yo sospecho a veces que no quería decir nada, porque el pobre no era

muy despierto que digamos, tanto que dio tres veces el ingreso a primer grado sin

mayor resultado, debiendo quedar en el jardín de infantes, hasta que años más tarde fue

expulsado por comerse las tizas, los forros de los cuadernos y a veces también uno que

otro sacapuntas.

Siempre llevó con gran sabiduría su ignorancia justificándola a veces con frases

como ésta:

- Yo lo que sé es que Sócrates no sabía nada.

- Abuelito, ¿qué horas son? -le decía yo para cambiar de tema.

- Para comerte mejor -me contestaba, mostrando una vez más, que con él el diálogo

era prácticamente imposible.

Ya viejo, escribió sus memorias firmando con el curioso seudónimo de Amnésico.

Tuvieron gran difusión debido seguramente a que salvo la tapa todo el libro estaba en

blanco, y la gente lo compraba creyendo que era un cuaderno.

- Para los pobres no hay justicia -solía decir-; ahí anda un señor Avon plagiándome

el estilo, y el gobierno no hace nada.

Un oportuno accidente lo hizo pasar a mejor vida dejándolo viudo y heredero de la

fortuna de mi abuela, y dicho sea de paso fue precisamente un mal paso que dio la pobre

al bajar por la escalera lo que precipitó los acontecimientos.

Murió en su ley o mejor dicho en la ley de Newton, que dice: "Todo enfermo de

gravedad es aquel que se muere de gravedad al llegar al suelo".

Mi abuelo se negó a arreglar el escalón alegando que tal vez se casara en segundas

nupcias, y tuvo razón, pues un día me habló por teléfono y me dijo:

- Estoy de nupcias.

- Querrás decir de novio -le dije.

- Sí, de novio.

- ¿Con quién?.

- Con una vieja llena de plata.

- ¿Muy vieja?

- Podría ser mi madre.

- ¿No será? -le dije.

- No creo -me contestó, pero ya la duda había sido sembrada, y al día siguiente

parece que le dijo a boca de jarro:

- Mamá -y ella contestó:

- ¿Qué? -descubriéndose entonces que la mujer era sorda.

Decir que yo fui un alumno brillante en el colegio sería faltar a la verdad.

Nunca lo fui, incluso tengo entendido que soy el único caso registrado en que un

alumno haya quedado laico en un colegio libre o tal vez fue libre en un colegio laico, no

recuerdo bien; pero lo que sí recuerdo es a la maestra de mis primeras letras (me enseñó

hasta la e), con la cual mantenía a veces sugestivos diálogos, como éste, por ejemplo:

- Y tú, niño, ¿qué vas a hacer cuando seas grande?

- Dios -le contesté sin vacilar.

- ¿Cómo?

- Dios -volví a repetir y continué-: Estudio de noche, ahora voy por los milagros.

- ¿Mi - mi - milagros? -balbuceó la docente.

- Sí, milagros. Anoche aprendí la multiplicación de los panes, ya me sé la tabla del

pan: Pan por uno pan, pan por dos pan pan, pan por tres pan pan pan, pan por cuatro...

pan por cuatro... pan por cuatro...

Ella entonces levantó el puntero y golpeó con energía la tapa de mi pupitre. Pan

pan pan pan.

- No me sople, no me sople -balbuceé, pero ya era tarde: la frustración se había

apoderado de mí, por lo que abandoné a esa temprana edad el estudio de una profesión

tan lucrativa como bien remunerada, y volví a sentarme en mi pupitre, mientras la voz

de mi maestra resonaba sobre nuestras cabezas:

- Ahora, niños, una composición.

- ¡Zas!, de nuevo la vaca -pensé; pero no, esta vez el tema era libre, por lo que me

vi abocado a aquella pequeña joyita literaria que titulé: "Un Cristóbal llamado Colón".

"Nació de un huevo puesto por un cardador de lana, no se sabe si pobre pero

honrado o pobre por honrado, pero lo que sí, no era en absoluto gente como uno.

Niño aún se lanzó a la práctica de placeres desenfrenados encontrándoselo más de

una vez ya de madrugada en un viejo almacén del Paseo Sin Nombre, repitiendo

obstinadamente: - Ya van a ver ustedes; yo no digo nada, pero ya van a ver-, cosa que

provocaba enorme hilaridad entre los rústicos vecinos.

Al cumplir dieciocho años escribió en una pared: "COLON CUMPLE", ante el

beneplácito de más de un resentido social de esos que nunca faltan que escribió a su vez:

"ISABEL DIGNIFICA", por lo que fue encarcelado y juzgado más tarde por el mismo

rey, que al dictar sentencia empezó con estas palabras:

"Soy Franco", frase que se sigue repitiendo en España aún en nuestros días.

A los veintidós años se hizo corredor de bolsa, ganando bastante dinero pues las

carreras de embolsados eran un deporte popular de la época, y fue precisamente

practicando dicho deporte que tomó contacto por primera vez con la tierra, al caer de

bruces sobre la ella.

- Hum -parece que exclamó- esta tierra no es tan plana como se dice.

- ¿Qué es entonces, redonda? -le preguntó un rústico del lugar para mofarse de él, a

lo que Colón le contestó:

- Sí, redonda, achatada en los polos, con un diámetro de 40.000 kilómetros, cinco

continentes y living comedor.

La ingeniosa salida provocó la risa de los lugareños y uno de ellos no pudo menos

que exclamar:

- ¡Perón, Perón, qué grande sos!.

- ¿Cómo Perón... cómo Perón?... yo no soy Perón yo soy Colón, ¿entienden? Colón,

con ce de Crush.

A los veintidós años continuaba su vida licenciosa, siendo común verlo salir con

mujerzuelas de la peor calaña, por lo que un día un santo abad le dijo:

- Cristóbal, te he visto con Fulana y con Mengana.

- Y yo a usted, con Sotana -contestó Cristóbal.

- Dime, hijo -le dijo el buen abad- ¿por qué no tratas de cambiar de vida, por qué

no te metes en la marina?.

- ¿Navegar? Es medio chato (no nos olvidemos que en esa época la gente creía que

la tierra era chata).

- Nada es chato, hijo, si uno pone amor.

- En eso tiene razón; ¿vio a la menor de las González, tan chata que era ahora es

otra? -contestó el muy libertino.

- Si quieres, le hablo a la Reina.

- Y bueno -dijo Colón-; pídale un puestito; Almirante podría ser, y que no sea

fulltime .

Nombrado Almirante, reclutó su tripulación del Puerto de Palos, pero algunos

dicen que no fue de Palos sino a Palos. Y al mando de tres carabelas, se hizo a la mar.

El 12 de Octubre de 1492, mientras festejaban el Día de la Raza, uno de los

marineros llamado Rodrigo de Tierra, gritó:

- ¡Triana!

Era América nomás."

La composición no gustó, por lo que de inmediato me aboqué a la realización de otro

tema: Napoleón. Empezaba así:

"Napoleón nació en Córcega, por eso en carnaval miraba el corso en un espejo.

Niño aún demostró una notable inclinación por sí mismo, hasta el extremo que su

padre llegó a decir:

- Si este muchacho sigue con estas inclinaciones, convendría emplearlo como

portero de la torre de Pisa.

- No me parece -le contestó la madre-; el nene tendrá sus cosas, ¡pero es de bueno!.

- A ése sí que le va a venir bien la conscripción -insistía el padre,

un poco influido por la austeridad de la época-; no lo puedo ver con el pelo largo.

- ¡Cortátelo, entonces! -decía la madre-. Ese flequillo no sólo te impide ver a tu

hijo sino que te queda pésimo.

Los años pasaron y Napoleón fue sorteado para el servicio militar. Le tocó marina,

pero él estaba acomodado, por lo que consiguió hacerla en el ejército como General.

- Total -le dijeron- un año pasa pronto; dicen que la primera baja es en octubre.

Pero no fue así; el ejército francés en ese entonces no estaba bien armado. Su artillería

estaba compuesta por cinco guillotinas, la caballería se había comido el único caballo al

dar jaque al Rey, y la infantería estaba tan mal pertrechada, qué cada soldado llevaba

como única arma en la mochila un bastón de Mariscal, armamento en extremo precario,

si tenemos en cuenta que las fronteras francesas eran como las bombachas de las

francesas, algo sumamente elástico y sujeto en gran parte a las intenciones de los

vecinos.

Estos eran prusianos, ingleses, austríacos, españoles, rusos, polacos y

catamarqueños, aunque de estos últimos no se tienen mayores datos –incluso algunos

historiadores consideran inexacta esta versión-, pero lo cierto es que Francia en esa

época cada vez tenía más vecinos que obligaban a Napoleón a combatir en todas partes,

incluso en el misterioso Egipto, en donde se libró la famosa batalla de las Pirámides, en

que los franceses pelearon con los mamelucos, probablemente para no ensuciar los

uniformes.

Un día, en plena batalla, Napoleón levantó la mano mientras arengaba a sus tropas.

Su gesto fue hábilmente interpretado por Wellington quién poniendo voz de maestra, le

dijo:

- Sí, niño, puede ir al baño.

Lo demás fueron simples reflejos condicionados. Napoleón se fue y encontró su

Waterloo."

Fue por esos años que me escapé del colegio y decidí casarme. Me acuerdo que al

acercarme al altar el padre me dijo:

- ¿Tomáis por esposa a Alconada Aramburú?

- -contesté, de puro influenciable.

- Os declaro marido y marido -prosiguió el padre, aclarando enseguida-:

¿Os dais cuenta, hijos míos, que esto lo podéis hacer gracias al Concilio?.

- ¿En silio? -pregunté, siempre influenciable.

Pero el matrimonio no anduvo, no hubo nada que hacerle. Alconada cuando se

enteró no quiso saber nada y yo quedé para vestir santos, como quien dice; empezaba

por abajo: primero una sandalia, después la otra, después la sotana, etcétera; la macana

fue que los santos siempre me decían:

- Que Dios te lo pague, hijo.

Y yo no cobraba nunca; entonces decidí hacer otra cosa: me fui a una compañía de

seguros y dije:

- Quiero asegurarme el brazo derecho.

- Como no, señor -me dijo el empleado.

- Y una pierna.

- ¿Una pierna?

- Si, una pierna.

- Muy bien señor.

- Y el pelo.

- ¿Cómo el pelo?.

- Sí, el pelo; quiero asegurarme el pelo.

- Pero el pelo no se puede asegurar.

- Así decía mi abuelo en Norteamérica antes que lo agarraran los indios sioux y le

sacaran el cuero cabelludo, aunque sus ventajas tuvo el asunto, porque cuando el

general Custer tuvo que comunicarle a mi abuela la muerte de mi abuelo, empezó en

esta forma:

- ¿Qué tal? ¿Cómo andan las cosas, señora?

- Y, general, ahí andamos.

- Dígame, señora; ¿usted no ha notado cómo se le está cayendo el pelo a su marido?

- Y, sí, algo se le cae.

- No, pero bastante.

- ¿Sí? ¿Le parece tanto?

- Sí, en serio, cada día se le cae más; ayer tuvimos un combate con los indios y

cuando terminó, yo lo miro y le digo: "¡Oiga, cómo se está quedando pelado!" Pero su

marido ni me contesta.

- Se habrá ofendido; ¡es de orgulloso!...

- Sí, eso sí, como orgulloso es orgulloso; por eso le dije: "Va a tener que usar

peluca y sáquese esas flechas que le agujerean todo el uniforme".

- ¿Flechas?

- Sí, flechas, señora: tenía unas flechitas en el pecho y una lanza.

- ¿Lanza?.

- Sí, una lanza que le salía por la espalda. Como desprolijo estaba desprolijo, para

qué lo vamos a negar.

- Pero, general, ¿no estaría muerto?

- Capaz que sí.

- Sería muy de él eso de morirse.

- Y, señora, que le va a hacer; todo el mundo no es perfecto.

Esos eran tiempos, no como ahora; esa era diplomacia, no como ahora, en que los

diplomáticos llaman al pan pan pan pan pan, por eso que se arma una de tiros a cada

rato. Si no miren en Chipre: por un lado están los chipriotas y por el otro está el mar,

porque es una isla y está rodeada por mar por todos lados menos por abajo, se entiende.

¡Y si vieran cómo es de susceptible la gente ahí! Si uno ve pasar una mujer y le dice:

"Adiós, chipriota", se arma la podrida; en cambio acá, si a una mujer uno le dice:

"Adiós, podrida", nunca se arma la chipriota.

Y menos ahora que los empresarios se niegan a subir los precios y la carne está por

el suelo y se ensucia toda; por eso me fui al Ministerio y le pregunto al ministro:

- Dígame, doctor, ¿qué opina usted sobre el campo?

- Y, no sé -me dice resignado-; si quiere, vamos a ver.

Y nos fuimos al campo y el ministro se paró sobre el pasto y dijo:

- No opino nada sobre el campo.

- Y sobre las vacas, ¿qué opina?

- Y, no sé -me dice-. Si quiere, pruebo.

Justo pasan por ahí unas vacas, y el ministro se sube a una de ellas y me dice:

- Sobre la vaca opin... -pero la vaca se movió y el tipo se rompió el alma. Y desde

el suelo me dijo:

- Quiero que me entierren acá como un tropero muerto sobre la huella; que crezca

el pasto sobre mi tumba.

- Bueno -le dije yo y fui a buscar una pala, pero no encontré ninguna; entonces

busqué una cucharita y volví a cavar; después de dos horas había hecho un pocito así de

chiquito; entonces le dije:

- Oiga, doctor, ¿y si llamamos a Lázaro Costa?

- Nunca -me contestó-. Ese hombre nos va a enterrar a todos.

- Sí, eso sí, está muy conservado.

- Public relations; en realidad lo que pasa es que le da vergüenza morirse, porque

la gente va a empezar a decir que se entierra para hacerse propaganda.

- ¿Le parece?

- No, en absoluto.

Bueno, lo dejé y me fui a la editorial y le digo al director:

- Oiga, ¿a usted le hacen gracia estas cosas que estoy escribiendo?

- No.

- ¿No qué?

- No gracias.

- ¿Y por qué las lee entonces?

- ¿Quién le dijo que las leo? Yo leo "Mafalda".

- ¿En serio?

- Sí, lo más serio posible, porque si me río le hago propaganda.

Salí un poco desconcertado, y al llegar a la esquina me encuentro con Codovilla,

que me dice:

- No hay que ser más comunista que el Papa.

Porque él es así, pero creo que no es nada de San Francisco, que era de Así pero

con ese. Y yo estoy con Codovilla; ¿cómo uno no va a ser comunista? ¿Saben a cuánto

se fue el caviar? ¿Saben cuánto cuesta una latita? Un ojo de la cara; ¿y saben cuánto

está el ojo de la cara, no saben, eh? Yo tampoco, pero le podemos preguntar a una novia

que tuve, un poco tuerta ella; me acuerdo un día que le compré un ojo de vidrio y le dije:

- Probátelo.

- No, delante tuyo me da vergüenza.

- Vamos, no seas sonsa, probátelo.

- ¿Me prometés no mirar?

- ¡Bueno dale!

Entonces se levantó un poco el párpado que según Borges es el escote del alma

(¡Graciela no; Jorge Luis, animal!), y se lo pone y va y me dice:

- No veo nada.

- En ese ojo no, ¡pedazo de bruta! - le digo yo, porque se lo había puesto en el sano;

pero ustedes saben cómo son las mujeres cuando no quieren dar su brazo a torcer: gritan

y gritan y uno tiene que soltarlas y ella se fue un poco fastidiada pero con el brazo

intacto; de todos modos mucho no me importó, porque muy linda no era, para qué nos

vamos a engañar: vista de frente tenía algo de Ursula Andress de espalda, y vista de

espalda, era idéntica a ella misma de frente; además era sorda, uno le decía cualquier

cosa y ella contestaba:

- ¿Qué?

Uno volvía a decirle algo y ella volvía a contestar.

- ¿Qué?

Entonces uno se ponía nervioso y le gritaba:

- ¿Vos sos sorda o qué?

Y ella contestaba:

- ¿Qué?

Entonces uno cambiaba de táctica y le decía:

- Me gustás mucho, tenés un no sé qué:

Y ella volvía a contestar:

- ¿Qué?

Era un poco monótono el diálogo, eso sí, aunque peor me fue con otra novia que

tuve, esa que conocí un día caminando por Venecia y yo, que he estudiado en Oxford

pero se me nota poco, le dije:

- Che, papusa.

Y ella me miró y siguió caminando; entonces yo, que también fui a Salamanca

pero no entré, insistí:

- Mirá, papusa: manyá cómo me chamuya el de la zurda, no ves que...

gub-glub-glub -porque habíamos llegado a la esquina y yo crucé; me tuvieron que

sacar con una grúa del Góndola Club y me metieron en una carpa de oxígeno; bueno,

toda de oxígeno, no: sólo la parte de adentro y después vino un médico, me mira y dice:

- Esta cara no me gusta nada.

Yo me enojé, porque uno no será Alfredo Alcón; pero no es para tanto, y uno tiene

su carácter, ¡qué embromar! Entonces voy, le saco la lengua para que aprenda y el

médico la mira y me dice:

- Esta lengua no me gusta nada -¡Miren si será camorrero el tipo!; entonces le digo:

- Para los pobres no hay justicia.

- ¿Usted es pobre?

- Sí.

- Pobre -me dice con simpatía-. En Italia hoy día eso es terrible, porque con el

milagro italiano todos andan con plata; ya no quedan mendigos, porque cuando aparece

uno todos le dan tanta plata que se hace rico enseguida, y a un rico quién le va a dar

plata, y se muere de hambre el pobre.

- ¿Cómo?

- Bueno, pero nada de fritos ni grasas ni alcohol, porque ese hígado no me gusta

nada.

Qué me dicen, criticón el hombre. aunque quién sabe si esto es cierto porque estos

italianos son todos unos libertinos, si no fíjense en Rómulo, el hermano de Remo, sí,

Rómulo, el que raptó a las sabinas para drogarlas, seguramente, y hacerlas objeto de

malos tratos. ¿Qué será eso de malos tratos? Según Lulú no son tan malos, pero en fin,

ustedes saben como es Lulú y si no, no saben lo que se pierden; se la voy a describir:

Es esa clase de chicas que algunos dicen que tiene un escote muy bajo y otros las

polleras muy altas; las dos teorías a veces se juntan, si vieran qué distinta a mi tía Fifa,

esa que echaron de la Acción Católica por puritana, aunque a mí me gustan las personas

así, porque la moral es la moral qué embromar, tendríamos que aprender de algunos

animales, el puercoespín por ejemplo, que hay que ver con qué delicadeza la trata a la

puercoespina, casi ni la toca; será por eso que hay tan pocos. Precisamente sobre los

puercoespines yo quiero que mi opinión quede sentada, ¡ay!, como dicen que dirían las

gallinas si pusieran los huevos cuadrados.

Hablando de otra cosa, ¿se acuerdan de esa novia que yo tuve, esa que trabajaba en

Tribunales y le decían Hábeas Corpus? Lo de Hábeas no me acuerdo por qué, pero lo de

Corpus sí. Bueno, la dejé por bruta; una vez voy y le digo:

- Nada.

- ¿Qué dijiste? -me dijo.

- Nada -repetí.

- ¡Ah!

- Be -le contesté

- Ce -continuó ella.

- De -dije yo.

Bueno, ahí se le empezó a poner difícil la cosa. La mató su incultura; el diálogo

quedó trunco para siempre, era una bestia la pobre pero, eso sí, sería bestia pero

cocinaba como los ángeles: pésimo.

Fue por esa época que me encontré con un desconocido en cuya mirada se podía

leer claramente un tácito reproche.

Esto era el colmo... acusarme a mí de ser el asesino del príncipe heredero de

Austria es una infamia, y así se lo dije, porque yo para esas cosas no tengo pelos en la

lengua como tampoco en la cabeza, cosa que si bien tengo entendido es una evidente

señal de virilidad, tendréis que admitir que diminuye sensiblemente las ocasiones de

demostrarlo, y él entonces me miró de arriba y me dijo:

- Ajá.

- ¡Cómo ajá! -le contesté tomándolo por la solapa, aunque pensándolo bien no

recuerdo si fue su solapa o la mía la que tomé; pero el hecho fue que me quedé con la

solapa en la mano ante el estupor de mi adversario que no dijo nada, pero lo hizo en

forma harto provocativa, cosa que me sacó de mis casillas igual que el Cid cuando los

moros lo sacaron de su Castilla para escribir el Cid de las niñas; ¿se acuerdan no?

Bueno, ése es otro tema. La cosa es que yo indignado lo tomé e la otra solapa; ahora que

pienso tampoco sé si era su solapa o la mía la que tomé, porque yo estaba ciego de ira,

tanto que una señora que pasaba me dio una moneda.

- Qué Dios se lo pague -le dije.

- Dios... Dios -repitió pensativa- ¿sabe que me suena? Y francamente no sé de

dónde, porque ¡salgo tan poco! Prácticamente no voy a otro lado que a la iglesia. ¿Y

usted, joven, además de ser ciego, qué hace?

- Y...

- ¿Y? Y griega, dirá. A mí me encantan los griegos, tan desnudos ellos. ¿Usted

conoce Grecia? Tiene que ir, pero vaya de día porque de noche se pone todo oscuro. Se

enteró lo de Cicuta ¿no? Le hicieron tomar un vaso entero de Sócrates; no pudo

resistirlo el pobre. -Y se fue dejándome solo con la moneda en la mano y ya despierta

mi vocación de mendigo, que empecé a ejercer desde ese mismo día.

Mis tácticas fueron realmente precursoras de toda una escuela. Por ejemplo: subía

a los trenes y empezaba diciendo:

- Una monedita para este pobre vidente.

- ¿Cómo dice?

- Una monedita para este pobre vidente que tiene la desgracia de ver perfectamente

con los dos ojos, como lo acredita este certificado médico. ¡Vean, vean, señores!, como

este pobre vidente puede leer perfectamente sin utilizar anteojos ni monóculos, ni lentes

de contacto...

- Pero...

- Una monedita, señores, para este pobre vidente que tiene que contemplar todos

los días este mundo tan feo, lleno de lacras, injusticias y miserias.

- ¡Pero, ¡qué barbaridad! -decía siempre alguna señora indignada-. ¡Las cosas que

hay que ver!

- ¿Vio? -contestaba yo-. ¿Vio lo que es la desgracia, de la mañana a la noche sin un

minuto de descanso, sin siquiera un miserable tic que me permita ver un poco menos

aunque sea por un instante?

- Tiene razón el hombre -decía por ahí un pesimista y me daba una moneda.

El asunto anduvo bien por un tiempo hasta que el exceso de trabajo me debilitó la

vista y tuve que cambiar de ramo. Utilicé entonces un sistema menos sutil tal vez, pero

más adecuado a los tiempos en que vivimos. Me acercaba a la gente y en vez de decir:

"Una monedita, por el amor de Dios", pedía un poco más, incentivando un tanto mis

palabras con un revólver con que los apuntaba en la mitad del pecho. El sistema era

sorprendentemente efectivo. Me acuerdo que en casa me preguntaban:

- ¿Qué tal te va con el trabajo?

- Bien, bien -decía yo-. Voy tirando.

Lo malo fue el día ese en que vi a un hombre caminando por una calle oscura y me

acerqué y le dije:

- ¡Traé la guita, morocho, o te amasijo! -pues mis modales se habían deteriorado

un tanto.

El hombre se quedó un rato mirándome con curiosidad y yo, un poco

desconcertado, le dije:

- A vos te conozco de algún lado.

- Posiblemente -me dijo el hombre.

- Vos te llamás... ¿Garrapiñadas?

- Frío, frío.

- ¿Avellaneda?

- Frío, frío.

- ¿Manices?

- Tibio.

- ¿Meneses?

- Sí.

Ese día estuve horas con él, anduvimos en auto, después lo acompañé al

departamento; lo tiene muy bien puesto ahí en la calle Moreno. Cuando llegamos me

saca las esposas y me dice:

- Cantá.

- Y bueno -dije yo- sí por el asunto ese del contrabando tengo que admitir...

- Yo no te traigo acá para que te la pases hablando de las porquerías que haces por

ahí, yo te traigo para que cantés -me dice enojado.

Tuve que cantar nomás, empecé con un bolero, seguí con una guaracha y cuando

iba por la primera estrofa del Himno Nacional, me grita:

- Parate.

Yo me callé, claro, ustedes saben cómo es, no se le puede discutir, capaz que no le

gusta mi voz, pensé, pero él al rato me dice:

- Seguí.

Empiezo de nuevo con el himno y me vuelve a gritar:

- Parate.

Bueno, me volví a callar y él de nuevo me dice:

- Seguí... Parate... Seguí... Parate... Seguí...

Bueno, siguió un buen rato hasta que le entendí y yo que tengo una tía que es

maestra pero por suerte se le nota poco, le digo:

-Usted quiere decir ponerse de pie, que es muy distinto -y miro la hora y le digo

algo nervioso-: Me tengo que ir, debe ser tarde, tengo el reloj puesto de pie.

Bueno, cualquiera se confunde, pero el tipo pensó que lo estaba cachando y se

puso furioso y me metió la mano dentro de una prensa; yo aguanté bien, porque si

alguna virtud tenemos en la familia es el coraje; bueno, mucho no me dolía, no

exageremos, porque era en la página del editorial que tan pesado no es, pero de todos

modos mi amistad con Meneses se ha resentido un poco. En cambio con Margaride, ¡las

veces que me dejaba en el calabozo deshojando la Margaride como quien dice! Ya ni se

la oye, me acuerdo cuando le quería cambiar el nombre al Bahía Thetis porque decía

que en materia de bustos no hay nada escrito porque era un poco obseso, hay que

admitirlo; se acuerdan de ese 9 de Julio cantando el himno cuando dijo: "Oíd mortales el

grito sagrado: Leblanc, Leblanc, Leblanc."

Eso es feo, yo no soy así, antes de pensar esas cosas me voy a un cine a ver

cualquier cosa. "Qué verde era mi padre" o cualquier otra. Así uno vive tranquilo y no

anda pensando porquerías y no se mete en líos, aunque a veces uno que otro problema

se tiene, no voy a decir que no; me acuerdo una vez que me llevaron preso por robar un

terrón de azúcar de una confitería y todos me aconsejaban que nombrara un abogado.

Busqué uno por la guía y el día del juicio empezó la defensa así:

- Señores del jurado, mi defendido está siendo víctima de una tremenda injusticia;

el capitalismo internacional, el comunismo ateo y el nazismo reaccionario

mancomunados con la oligarquía pretenden condenar a un inocente.

Exageraba un poco pero hablaba bien el hombre.

- Mi cliente, señor juez -prosiguió- es totalmente inocente, y acá tengo las pruebas

de que a la hora y en el lugar en que se supone que ocurrió el hecho, mi defendido no

podía estar porque a esa misma hora estaba asesinando a su abuelita inválida porque

ésta le recriminó haber partido en la cabeza de un ciego su propio bastón blanco.

Yo entonces le tironeo del saco y le digo despacio:

- Oiga, ¿qué hace?

- Esté tranquilo -me dice-; la justicia siempre triunfa.

- Eso es lo que me preocupa -le digo yo-, y además usted tiene que defenderme, no

atacarme.

- La mejor defensa es el ataque -me contesta. Bueno, para abreviar, el tipo siguió

hablando y a mí me condenaron a ciento cuatro años con costas, pero eso sí, quedó bien

claro que el asunto del terrón de azúcar no afectaba mi buen nombre y honor.

En la cárcel fui tirando, especialmente el día de la fuga, que seguí tirando pero a

los guardias, porque lo que pasó fue que un señor que se llamaba Villarino me dijo que

a él lo echaban por mala conducta, y que antes de irse quería filmar unas escenas como

recuerdo.

- Tomá esta ametralladora -me dijo-. Tiene balas de fogueo, tirale a los guardias, se

van a caer como si fuera en serio. Mientras, yo filmo.

- ¿Cuánto me van a pagar? -le digo yo-, porque en mi familia seremos

cualquier cosa, pero sonsos no.

- Y, eso depende -me dice-; depende de cómo salga.

Debe haber salido mal, porque no me pagó nada y eso que lo corrí a través de una

puerta nueva que alguien había hecho en una de las paredes y le gritaba:

- Oiga, no se escape, págueme, de lo contrario no trabajo más.

Algunos de los muchachos de la guardia venían corriendo detrás de mí para

ayudarme a alcanzarlo seguramente, o tal vez porque tampoco les pagó y eso que

algunos eran muy buenos actores; si viera cómo caían, parecía de verdad.

Entonces me fui a una comisaría y me atiende un oficial muy atento y me dice:

- ¿Qué desea, señor?

- Vea -le dije-. Recién salí con Villarino y...

- Ahá -dijo el hombre y le gritó a alguien que estaba adentro:

- Che, prepará la picana -y a mí me dice-: ¿Qué prefiere, corriente continua o

alternada?

- Como le sea más cómodo -le digo yo, que he sido educado un poco a la antigua y

no me gusta molestar.

- Le aseguro que no es molestia.

- Entonces las dos cosas -pedí sagazmente, porque yo de sonso no tengo nada más

que la cabeza y ese lejano antecedente ya mencionado de haberme quedado laico en un

colegio libre, pero hace mucho.

- Bueno -me dice el hombre avergonzadísimo- ese caso no está contemplado.

- Podemos contemplarlo ahora -le digo.

Y nos ponemos a contemplar el caso, que no era muy divertido que digamos;

entonces yo le digo:

- ¿Por qué en vez de contemplar el caso no la vamos a contemplar a Lulú?

- ¿Lulú? -me dice el tipo.

- Sí, Lulú. Una chica que conocí hace un tiempo; me acuerdo que lo primero que

me dijo fue:

- No, no, por favor no; no se aproveche de la situación. –Mientras hablaba había

bajado los ojos y uno de los breteles, pero ya era tarde: ya la bestia que hay en mi se

había despertado y pedía el desayuno:

- Café con leche y tostadas con manteca -dije, y ella desconcertada se quedó en una

pieza, la del fondo, en donde tengo la cama.

Yo, para vencer la tentación, empecé a repetirme:

- ...cuarto: honra al padre y a la madre. Quinto: no matar. Sexto, no me acuerdo;

séptimo...

Porque en el fondo soy bueno, lástima que estaba en el dormitorio; pero no había

caso: la tentación me vencía, la sangre me martillaba en las sienes; ella leyendo mis

intenciones trató de abofetearme, pero yo la tomé de la muñeca.

- La Marilú no -alcanzó a decir, sin convicción; pero la suerte ya estaba echada: la

habían despedido sin preaviso ni aguinaldo, y yo le dije:

- No temas, te respetaré como si fueras mi madre.

- Gracias, Edipo -me contestó Lulú.

Bueno, fuimos y tocamos el timbre y Lulú abrió la puerta y estaba descalza, pero

no descalza de los pies solos, sino descalza toda.

- ¡Ay! -dijo-, discúlpenme que los atienda con esta facha pero es que creí que era el

lechero.

Y yo que para estas cosas siempre estoy preparado, saqué del bolsillo un yoghourt

y se lo di.

- ¡Ay! ¡Qué detalle! -dijo ella recatada y se tapó con el yoghourt, que era un poco

como Isabel Sarli en "El trueno entre las hojas", cuando se tapa con el trueno en vez de

con las hojas, la vez esa que yo le dije indignado al director:

- Vea señor, esa escena es inmoral, piense que los truenos pasan pero las hojas

quedan.

- ¿Estás loco vos? -me dijo el director.

- Yo no y ¿? -le contesté.

Ahora sí que las cosas se ponían serias; mi avión perdía altura y yo me comunicaba

con la base.

- C26... C26... C26 habla a base. Pierdo altura... Pierdo altura.

- Descuidado de todos los diablos -me contestan-; fijese bien, en algún lado tiene

que estar.

- No sé señor, esta mañana la tenía, pero no la encuentro por ningún lado.

- ¿Se fijó debajo del asiento?

Me fijo y ahí estaba. Coloradísimo me comunico con la base.

- C26 habla... encontré altura.

- Después vino Malbrán, el oculista, me miró en los ojos y dijo:

- Astigmatismo.

- Bueno hombre, si sabía que lo iba a tomar así... Pero ya era tarde.

Malbrán se acercó con el torno y me dijo:

- Esto le va a doler más que a mí.

En efecto, así fue, pero cuando terminó de emplomarme el ojo, su tono había

cambiado, ya no era el mismo, era Eustaquio Méndez Delfino pero sin Giselle Shaw.

- ¿Y, doctor?

- Gardel no ha muerto -me dijo-; está en el corazón de los argentinos.

- No me refería a eso, doctor, sino...

- No hay tu tía, el Zorzal Criollo ha hecho su nido en nuestros

corazones.

- Diástole -dijo por decir algo.

- Sístole -me contestó educadísimo, y en seguida prosiguió:

- Carlitos es inmortal, su voz no se ha apagado y su recuerdo perdurará

eternamente mientras haya una pebeta bajo el farol de una esquina y un chamuyo de

bandoneones en la noche porteña.

- No doctor, yo me refería a la economía.

- Vea, de eso entiendo poco ¿por qué no lo ve a Gagliardi?

Mi madre pasó en ese momento y sus sabias palabras quedaron grabadas en mi

mente:

- Yo señor, sí señor, no señor, por mí que se rompa el alma.

La situación era angustiosa; por el frente las hordas musulmanas, por los flancos la

caballería polaca, por el centro no voy porque total mañana tengo que ir, y el Emperador

me decía:

- Miguel Strogoff no debe llegar vivo.

- Eso es fácil de decir -le dije.

- ¿Sí, vio? Yo lo digo siempre.

Pero ya era tarde, eran las ocho menos cinco igual a tres pero de pasado mañana.

En ese momento cayó un chaparrón y lo levanté y lo llevé a casa, total donde comen dos

se llama comedor y Caín se acercaba y yo le grité:

- ¿Qué haces, loco, no me conocés?, ¡soy tu hermano Abel!

Pero el otro se seguía acercando.

- ¡Pero che, no seas así, no me meto más, con esa chica! ¿cómo iba a saber que era

tu hermana?

Pero el otro seguía avanzando.

- Che, como sos, no juegues con esa quijada de burro, mirá que a las armas las

carga el diablo.

Pero no hubo caso, me mató nomás y después dijo que fue defensa propia, ma qué

Defensa, ma qué Defensa, si todo el mundo sabe que fue en Carlos Pellegrini al uno

ochenta de altura que es donde tengo la frente cuando estoy parado.

Para qué, para qué, al fin y al cabo, pensé, quiénes son los Alvear, advenedizo

acomplejados por no pertenecer al Sindicato de Obreros de la Construcción, pero todo

era inútil, quedaba un solo cartucho y el comandante me dice:

- Hay que comprar más.

- A la orden mi comandante, ¿cuántas cajas compro?

- Cien millones.

- Muy bien comandante Orbea.

A la media hora estaba de vuelta, los hombres agotados pero serenos me miraban

estremecidos de coraje. El comandante me dijo:

- Soldado, por buena conducta, aplicación y aseo, es ascendido al grado de general

en el campo de batalla.

Inmediatamente me hice cargo de todo y al frente de mis tropas ordené el ataque.

La victoria coronó mi audacia y el pequeño Vigía Lombardo cayó del árbol como un

pajarito.

Fue condecorado con la Orden de Malta.

Más tarde me dice mi hijo:

- Che viejo, ¿y si hacemos al revés, vos me das la ballesta y yo tiro a la manzana?

- Bueno Guillermito -le dije.

Pobrecito, quedó huérfano.

Y yo no pude soportar el dolor, por lo que me fui a Norteamérica a trabajar de

millonario. Me iba bastante. Me acuerdo un día que estaba con unos amigos y en eso

alguno dijo:

- ¿Qué hacemos mañana, jugamos al golf o lo fundimos a Peter McCormick?

- No, fundirlo a Peter no, ya estoy harto de comprar las acciones de Pensilvania Oil

y Steel Corporation para fundirlo a Peter; después pasa lo de siempre: empieza desde

abajo y hace una fortuna el doble de la anterior.

- Y, claro, empezando desde abajo cualquiera...

- ¿Por qué no le hacemos una broma a ese negro que está ahí?

- Listo, vamos.

- ¿Me pongo un mantel en la cabeza y le digo que soy del Klu Klux Klan?

- ¡No, eso es tonto, mejor otra cosa! ¡A ver, boy acércate! ¿quieres? ¿Cómo te

llamas?

- Cassius -dijo el negro.

- ¿Sabes quién va a ser el próximo presidente de los Estados Unidos?

- No, señor.

- Va a ser un amigo mío que los va a poner a ustedes en vereda. Como primera

medida les va a obligar a usar un distintivo en la solapa que diga: NEGRO, para que no

se confundan con los blancos. Después va a prohibir el casamiento entre los negros,

porque dice que negro con negro no vale; tampoco les va a permitir el casamiento con

blancos para que los hijos no salgan grises o a cuadritos. Para los juegos olímpicos van

a tener que usar un uniforme especial, por ejemplo para los que participan en la maratón:

un buzo azul muy bonito, eso sí, los zapatos también de buzo porque él insiste en que

en ese aspecto hay que andar con pies de plomo.

Van a poder votar todo lo que quieran y sin cuarto oscuro, no sea que se crean que

hay alguna alusión personal; por eso las urnas se pondrán bien a la vista de todos, sobre

palos enjabonados de cinco metros de altura. A la urna se le sacará la parte del fondo,

así los de abajo pueden ver bien cómo entra el voto y no habrá dudas sobre la limpieza

de la elección. No va a haber privilegios en materia de educación, los colegios van a ser

exactamente iguales que los colegios de los blancos, incluso se cuidarán algunos

detalles, por ejemplo: así como los blancos usan en las clases pizarrones negros como

homenaje a nuestros hermanos negros, en los colegios de negros se usaran pizarrones

blancos en agradecimiento a tan simpático gesto y como las tizas seguirán siendo

blancas, es probable que los chicos no vean mucho, cosa que aumentará la tradicional

alegría de la raza, máxime teniendo en cuenta que los lápices no tendrán minas para no

herir susceptibilidades, se entiende y a los cuadernos se les arrancarán las hojas en el

otoño en la clase práctica sobre el mismo tema, pues la pedagogía moderna da gran

importancia a la enseñanza visual. Los maestros serán analfabetos, para que de paso se

instruyan mientras enseñan. La enseñanza superior estará a cargo de una Universidad

negra construida al efecto en Alabama; todos los negros del país podrán concurrir a

ella; ésta será de madera imitando la forma y el tamaño de La Cabaña del Tío

Tom como cálido homenaje a dicha obra.

El servicio militar para los negros será gratuito y obligatorio desde los veinte años

en adelante, pues el soldado negro nunca retrocede; en caso de guerra formarán en la

primera línea de la batalla, ya que como el enemigo se habrá entrenado tirando al blanco,

estarán a salvo. Se especializarán además en combates diurnos, pues en combates

nocturnos pasarían desapercibidos, cosa particularmente irritante en una democracia sin

privilegios de sangre ni de nacimientos... ¡eh, Cassius, Cassius, no te enojés!... ¿qué

haces?... ¿acassius te llamas Clay?...

Era Clay nomás, pero le dimos una lección. Le dejamos los nudillos a la miseria. Y

ahora digo yo, qué es lo que me lleva a hacer estas líneas ----; seguramente alguna

misteriosa fuerza atávica surgida de los albores mismos del conglomerado fisíparo de la

hemerolapia divina, o tal vez no, tal vez sea algo mucho más complejo, como la vez

aquella que se me acercó mi novia y me dijo:

- ¿Qué?

- No dije nada -le aclaré.

- ¿Qué?

- ¡¡No dije nada!!

- Que... que... que... querido -fueron las últimas palabras de Eloísa, mi novia,

tartamuda ella, porque levante el piano y se lo tiré por la cabeza un momento de

debilidad, se entiende, pero el juez no quería saber nada y me decía:

- Esto es un asesinato, qué debilidad ni ocho cuartos.

- ¿Ocho cuartos? -le digo.

- Sí, ocho cuartos, living-comedor, dependencias de servicio, portero eléctrico.

- ¿Portero eléctrico?

- Bueno... eléctrico, eléctrico, lo que se dice eléctrico no, pero si usted una noche

se olvida la llave, no tiene más que gritarle a Jacinto: ¡Jacinto!, para que él prenda la luz.

- Así es, y después al día siguiente, más que seguro que le dice: "No fue nada,

señor, para eso está uno, no es ninguna molestia, no faltaba más, cualquier cosa que

necesite estoy a su disposición, abrirle la puerta a las tres de la mañana, ser testigo del

casamiento de su mamá, cualquier cosa.

- ¡No me diga!

- Bueno.

Y no hay nada que hacerle, el que sabe sabe, y el que no sabe es escritor, como me

decía mi primo, que será lo que quieran, pero poco. Me acuerdo una vez, cuando era

vendedor de jarros en Harrod's y venía algún cliente inglés y mi primo para quedar bien

le decía:

- Sólo tengo para ofrecerle sangre, sudor y lágrimas.

- Qué lástima -decía el hombre-; yo quería un jarro -y perdía una venta, y entonces

el gerente decía:

- Esto no puede seguir así, usted es una bestia; ¿me puede decir qué tiene en la

cabeza?

- Sí, cómo no: un frontal, un occipital, dos parietales, dos temporales, un maxilar

superior, otro inferior...

Y hablando de maxilares superiores, qué pavada es decir que un maxilar es

superior al otro; ¿ustedes han probado masticar con un solo maxilar? Es un lío. Yo tenía

una novia que le faltaba uno, no me acuerdo cuál; vivía a puré, yo siempre le preguntaba:

- ¿Me querés?

- Shuquiktzwik -me contestaba, que quería decir: sí. Y yo insistía:

- ¿De quién es esa naricita?

- Twilshquiwltrum -me contestaba, que quería decir: tuya.

- ¿De quién son esas orejitas?

- Twilshquisltrun.

Bueno, así siempre hasta que se hizo un maxilar ortopédico, y yo un día le

pregunto:

- ¿De quién es esa boquita?

- Mía -me dice-: una mitad es tuya y la otra recién pagué la primera cuota.

Entonces yo, que soy muy influenciable, le contesté:

- Grwnsh -que quiere decir: me gustabas más antes cuando hablabas como si

tuvieras papas en la boca.

- Sí, pero puré -me contestó, con esa lógica tan femenina, y hablando de lógica,

quién habla de lógica, hablemos de mujeres. Yo tuve una novia que tenía las mismas

medidas que Sofía Loren: 90-60-90, claro que los 60 eran de altura y los noventa eran

de ahí, sí de ahí, en serio, era un poco tonta, eso sí, pero le quedaba bien; una vez le dije:

- Che -y ella me contestó:

- Qué.

Y quedó con surmenage por el esfuerzo.

También yo soy medio inconsciente, con decirles que antes de conseguir este bien

remunerado encargo de escribir mis memorias, mi fama llegaba a tantas partes que mis

servicios fueron solicitados por distintos empresarios.

Recuerdo, por ejemplo, el interés que tenían las autoridades del Canal 9 para que

trabajara en el 13, y todavía recuerdo la fiesta con la que la revista "Confirmado" festejó

mi ingreso en "Primera Plata". Ahora mismo este trabajo que estoy haciendo lo

conseguí debido a la insistencia de Quino, que un día me suplicó:

- Mirá che, haceme el favor, empleate en la "Editorial Torres Agüero", que para

competencia ya me bastan los editoriales de "La Prensa".

Bueno en fin, yo he hecho de todo, soy un "self-made man" que le dicen, por parte

de madre, pues empujado por la miseria, he llegado desde ejercer un triste comercio en

una empresa de pompas fúnebres, hasta trabajar como fotógrafo. Fue precisamente en

ese trabajo que por falta de dinero para contratar modelos decidí fotografiar a mi abuela.

- Qué ojos más grandes tenés, abuelita -le dije para entrar en materia.

- Es que le saqué el armazón a los anteojos y me puse los vidrios como lentes de

contacto.

- ¿Y ves bien?

- No, para qué te voy a engañar, no veo nada, pero paro lo que hay que ver acá.

- Decime una cosa, abuelita, ¿te puedo sacar una foto?

- ¿Vestida?

- Sí

- No.

Entonces me hice representante de artistas. Un día le hablé por teléfono a Lococo y

le dije:

- Hola, ¿Lococo?

- Sí -me dice.

- Vea Lococo, en vista de la vieja amistad que nos une...

- ¿Qué amistad?

- He comido en su casa varias veces...

- ¿En mi casa?

- Bueno, casa casa, lo que se dice casa no; pero en el cine Opera he comido

chocolatines varias veces. Y yo soy representante de ese número vivo tan extraordinario

que le mandé el mes pasado, el trío "Los Gabotos". La famosa cantante Ernestina

Gaboto y sus dos hermanos.

- ¡Ah! La vieja esa.

- Bueno, vieja yo no diría, el trío es bastante uniforme, ella cantaba

y los otros dos la sostenían; ahora le traigo un número nuevo, el conjunto

folklórico de los hermanos Sombra, sale tirado de barato; mire, es así: cuando

se levanta el telón, el primer Sombra aparece en el escenario con el Segundo

Sombra que es un libro, y lo lee fuerte. Hola... Hola.

Después, movido por irrevocables inquietudes sociales, decidí hacerme político ,

por lo que me hice hombre sándwich para incitar a las masas.

"Vote por yo" era mi slogan, y a veces para recaudar fondos ponía carteles que decían:

"Yo cumplo", y no faltaba alguno que me mandaba una torta con velitas y alguna

corbata.

Tuve que dejar esa profesión debido a un pequeño incidente que me obligó a

concurrir al estudio de un conocido abogado.

- Vea doctor -le expliqué-, yo estaba tirando al blanco y en eso lo veo caer al tipo

muerto, ¿se da cuenta que fatalidad?

- ¿Al blanco? ¿A qué blanco tiraba?

- Al blanco del ojo, claro -le digo.

- Legítima defensa -me dice el abogado.

- ¿Usted cree? -le digo-; mire que en este país para los pobres no hay justicia.

- Sí, confiemos en eso -me dice.

- ¿Le parece?

- Sí, esté tranquilo; ¿tiene alguna coartada?

- Yo no, pero el muerto tiene una de oreja a oreja; se la hice yo para asegurarme

que no hablara.

- Ahí estuvo mal, se lo puede acusar de atentar contra la libertad de expresión -me

dice el doctor.

- ¡Bueno, para la expresión que tenía el tipo!

También fui años más tarde tratante de blancas, asociado con un amigo que se

encargaba de las negras y de otro que se ocupaba de los tableros. Entre los tres

armábamos un juego de damas de bastante calidad, cuya venta nos reportó pingües

ganancias inundando el mercado de la Capital, del Gran Buenos Aires, y el del Plata,

este último por haber dejado una canilla abierta.

Otro de los trabajos donde descollé bastante fue el de redactor de una conocida

revista humorística.

Me acuerdo el día en que apareció en la redacción un hombre y pidió hablar con el

director. Ulcera de Duodeno, nuestra secretaria, le dijo:

- I am, you are, he is -porque desde que va a la Cultural está imposible.

- Traigo una colaboración -dijo el hombre tímidademte-; una fotonovela.

- ¿Stá loco ? -exclamó Ulcera, que desde que sale con el Mingo está muy

cambiada.

- No -contestó el hombre

- ¿No, qué? -le recriminó Ulcera, cuya madre es Pestalozzi.

- No gracias.

- Bien, siéntese.

El se sentó en el suelo porque Quino le sacó la silla entre las carcajadas de todos

nosotros, mientras Marcucci le tiraba una máquina de escribir calentada al rojo en la

nuca, y todos bailábamos alrededor de él y le decíamos cosas, y alguien dijo:

- No, con el hacha no -pero ya era tarde.

En eso llegó Jordán de la Cazuela bastante contento porque parece que el Banco

Central va a levantar el impuesto para tableros de ludo, y con ese gesto tan suyo dijo:

- Ahá.

No pudimos menos que felicitarlo y Garaycochea, que es elocuente, le dijo:

- Maestro, que Dios os conserve esa facilidad de palabra -y yo que lo conozco de

antes cuando trabajaba de epiléptico en la Facultad de Medicina, y Houssay decía: "Este

no sirve, mándelo a agronomía", le dije:

- Estuviste che, estuviste.

En ese momento el hombre habló desde el suelo, colorado de vergüenza y de

sangre y dijo:

- ¡Ay!

- Che -dijo Landrú-, no es malo ese chiste- y lo empezamos a mirar con respeto.

- Yo siempre le vi talento -acotó Napoleón, y, suplicante, preguntó:

- ¿No podría decirnos otro? -pero el hombre parecía ofendido porque no contestó.

- Tal vez esté pensando -dije yo.

- ¿Qué es eso? -dijo Oski, mientras en el último cuarto se oía la voz de Brascó

repetir: "Cincuenta, cincuenta y uno, no cuento más para ninguno", porque en el fondo

en un niño.

Pero el hombre seguía en el suelo callado, enigmático, ausente, en su mano

sostenía aún la fotonovela. Era bastante buena, de medio perfil sobre un estante de la

biblioteca, tapa rústica, realmente se parecía a "La Bastarda", le faltaba hablar nomás,

lástima que la sacó tamaño carnet.

Mientras escribo estas líneas, un inesperado suceso interrumpe mi labor.

El personal subalterno de la editorial se ha sublevado. La turba hambrienta invade

la redacción.

- No pasarán -dice el director serenamente, y luego prosigue: -Bueno, si pasan, con

no saludarlos...

Yo dirijo la defensa. Con sereno ademán y voz firme grito:

- ¡Socorro!

- ¡Queremos pan! -grita la turba enfurecida.

- Yo tengo uno -aventuro extendiendo mi mano con un pancito de viena.

Pero ni eso los contiene, son insaciables. El director mantiene su dignidad.

Desde adentro del basurero y tapado con papeles no se lo nota mucho, pero su voz se

oye desde las profundidades:

- ¿Cuántos son?

- Dos, los dos cadetes.

- Canallas, desagradecidos, esto pasa porque no están los conservadores.

Después dice algo de Patrón Costa pero no se le oye bien, y alguien propone:

- Habrá que rendirse.

- ¡Nunca! -grito, y aclaro en seguida-. Nunca es tarde.

Nos rendimos nomás, pero dejamos constancia de que sólo lo hacíamos ante la

barbarie desatada, y que nunca; pero lo que se dice nunca, renegaríamos de nuestras

ideas. Los dos cadetes entraron vencedores en la redacción, exigían los pagos atrasados

de marzo, abril y mayo, y que yo les devolviera las bolitas.

Tuvimos que aceptar.

- Ya van a volver los conservadores -mascullé por lo bajo, e inmediatamente

después, aclaré: -Se hacen los guapos porque son dos, de a uno no les tenemos miedo.

- Estos negros son todos iguales, en patota se agrandan. Yo al de once años mejor

que no lo encuentre solo por ahí, porque se va a acordar de mí –dijo el director una vez

que se fueron.

- ¿Y si nos despedimos -sugerí- y cobramos el despido?

Pero la idea no prosperó; había que ajustarse los cinturones nomás, al fin y al cabo

empresas más grandes que nosotros lo hacen constantemente. Aerolíneas, por ejemplo.

Y entonces nos abocamos al plan de economía:

 

1º Por lo pronto, al de la tinta no le pagamos, total nos va a fiar y además:

 

Bueno, al de la tinta parece que hay que pagarle, pero vamos a suprimir las

mayúsculas y las esdrújulas.

 

2º Las comas las pondremos un poco más bajas para que sirvan de acento a las

palabras del renglón inmediato inferior.

 

3º Utilizaremos un papel más transparente para que los dibujos puedan verse del

otro lado. Y dejaremos grandes espacios en blanco para solaz de los analfabetos.

 

4º Utilizaremos también... muchos puntos... suspensivos; salen mucho más barato

que las letras y...son tan..sugestivos…………………………………………………….

……………………………………………………………………………………………

……………………………………………………………………………………………

………………………………………………………………

 

5º UTILIZAREMOS LAS LETRAS MAYUSCULAS PARA OCUPAR MAS

ESPACIO Y AGREGAREMOS ALGUNOS CUENTOS PARA NIÑOS PUES

CONSIDERAMOS QUE TODA PERSONA QUE ODIE A LOS NIÑOS NO PUEDE

SER DEL TODO MALA.

 

6º NO ESCRIBIREMOS MAS.

 

(“Yo también fui un espermatozoide” – Dalmiro Sáenz, 1968)